Y en verdad, si valor tiene la hermosura, inmenso debia ser el de la de Wahdah; sus larguísimos cabellos, de un negro azulado, no reconocian rivales; su frente tersa, serena, nacarada, de una majestad inconcebible, parecia formada por Dios para dar un testimonio de la grandeza de su poder, y el amor que inspiraba la intensa y dulcísima mirada de sus ojos, era un tósigo mortal para el que habia posado en ella la suya; sólo una hurí podia poseer un cuello más voluptuoso, un seno de más pura redondez, un talle más flexible, unas manos más blancas y un pié más lindo; si Absalon hubiese amado menos el dinero, Wahdah, no hubiera conocido un tercer amo.
Por aquel tiempo llegó al Moghrebeb la fama de un hombre á quien los muslimes de las tierras de Occidente proclamaban el Vencedor y el Magnífico. Sus tesoros se ponderaban hasta lo infinito y su generosidad era proverbial. Aquel hombre era rey, y se nombraba Aben-Nazar ó más vulgarmente Al-Hhamar.
Absalon, pues, atravesó el estrecho en una nave, llevando consigo á Wahdah, y dejando atrás los campos de Geb-al-Taric y de Al-Gezira, llegó á los muros de Sevilla sitiada entonces por el rey Ferdeland, á quien ayudaba con una escogida caballería el rey Aben-Al-Hhamar.
Era una noche oscurísima; la tormenta dominaba el espacio, y las nubes arrojaban un furioso aguacero: Absalon, Wahdah y los esclavos que la conducian en un palanquin cubierto, se extraviaron y dieron en poder de los corredores que guardaban el recinto de la ciudad.
Absalon fué conducido, mal su grado, con Wahdah delante de Aben-Hud, y este se apoderó de la jóven sin pagar una sola dobla por ella al judío, que rasgó sus vestiduras, le maldijo, y por lo tanto fué conducido á la mazmorra más profunda de la torre del Oro.
El corazon de Wahdah acabó de endurecerse, y el odio y la crueldad fuéron sus pasiones exclusivas.
Por eso cuando la tormenta lanzaba el aguacero sobre las torres de la Casa del Gallo y el viento penetraba torciéndose en largos silbos entre los trasparentes de los ajimeces, una sombra misteriosa y sangrienta vagaba delante de ella y refinaba su crueldad y su odio; por eso estrechaba furiosa entre sus brazos al pequeño Juzef, único fruto de su union con Al-Hhamar, y fijaba en él su rencorosa mirada de hiena.
El príncipe, como todo lo que pertenecia á Al-Hhamar, era bueno; generosos instintos surgian en su sér, pero habia recibido la vida en el seno de Wahdah, y poseia tambien parte de la perversidad de la africana; el bien y el mal se albergaban por mitad en su alma, y al choque de estas opuestas propensiones debia sus terribles combates en el camino de la vida.
Era soberbio; no podia ver á sangre fria que su hermano Mohhamed subiese todas las gradas del trono, mientras él quedaba junto á su base: Wahdah habia desarrollado en él deseos criminales, y habia conseguido mirase como extraños á sus hermanos; Juzef-ben-A'bd-Allah era un cáncer encubierto en la familia de Al-Hhamar.
Hasta entonces se habia dominado; se trataba sólo de un trono, y la ambicion no es pensamiento exclusivo de los niños; Mohhamed habia obtenido la confianza de su padre, le amaba el pueblo, y pronto debia ser su señor al par que Al-Hhamar; Wahdah aguardaba temblando aquel momento, porque Mohhamed, nacido de otra sultana, profundo conocedor del corazon humano, habia leido en el de la africana, á pesar de su perfecto disimulo, y la odiaba como el leon odia á la serpiente.