Sólo Juzef podia tener influencia para promover una guerra intestina que pudiera arrancar el poder de las manos de Mohhamed; habia además poderosos vasallos que anhelaban una ocasion de rebelarse contra el rey, y Juzef era el objeto más á propósito para servir de disculpa á la traicion.

Pero demasiado jóven para que sólo el brillo de la corona le lanzase á una abierta rebeldía contra su padre y su hermano, era necesario tocar la fibra más sensible de su corazon; el amor era un medio eficaz, y Wahdah le puso en juego.

Juzef conoció á la tentadora Betsabé, y desde entonces la amó con toda la locura, con toda la idolatría de que es capaz un mancebo de quince años cuando ve una mirada de amor en los ojos de una hermosa. Al fin estaba junto á ella; gozaba de ese éxtasis que se experimenta cuando se está al lado de una mujer por quien se sueña despierto, y se vive dormido; aquella mujer le fascinaba, le dejaba ver su mirada de amor... y le pedia un trono.

Por eso el rostro de Juzef se habia nublado, y brotaban en su espíritu sombríos pensamientos. Betsabé, entre tanto, posaba sobre el semblante del príncipe una dulce y suplicante mirada.

El príncipe cayó desfallecido á los piés de Betsabé.

—¡Oh, ámame, lucero de mi alma, dijo con voz trémula, ámame para que yo pueda vivir, mírame siempre así!... ¡Qué hermosa eres!

—¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! contestó la jóven con un acento que la pasion amortiguaba.

—¡Oh, si me amas, yo entregaré mis tesoros, mis joyas, á Absalon, y serás mia!

—¡Quiero ser sultana! contestó Betsabé con acento más lánguido, estrechando entre las suyas la mano de Juzef.

El príncipe se levantó temblando y cubierto de un sudor frio.