—Para que tú seas sultana, dijo con voz cavernosa, es necesario que muera mi padre y mi hermano.
—¡Que mueran! contestó lánguidamente la hermosa.
—¡Betsabé, Betsabé! exclamó el príncipe, pídeme mi envilecimiento, mi libertad, mi sangre; pero no me entregues á Satanás.
—¿Me darás tu sangre? preguntó Betsabé al príncipe fijando una nueva mirada más intensa y enloquecedora.
—Sí, contestó el príncipe, en cuyos ojos brilló una valentía casi salvaje.
—Pues bien, la acepto.
Juzef se sentó en el divan, y Betsabé rodeó un brazo al cuello del jóven: entre tanto ella sacó de su cíngulo un pequeñísimo puñal, y su nacarada mano se posó sobre el hermoso y desnudo cuello de Juzef, en una de cuyas arterias clavó la punta del sutil puñal: una gota de sangre tiñó de púrpura el blanco cuello del príncipe, y Betsabé puso sus labios en la herida y chupó.
El príncipe se estremeció; un fuego dulcísimo agitó su sér; cuando la jóven retiró los labios de su cuello, su rostro antes sonrosado y lleno de vida, apareció blanco y frio como el de un cadáver.
—¡Qué hermoso estás, exclamó Betsabé contemplándole con delirio; ¡cuánto te amo! y ¡qué felices serémos si el castillo no se levanta sobre la colina!
—¿Qué castillo es ese? preguntó admirado Juzef.