Y mandó poner en el alcázar alfombras y divanes y pabellones de oro, y cuando todo estuvo preparado, y en cada cámara una esclava, en la parte esterna; y en la parte que correspondia á los adarves de la fortaleza soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mandó trasladar á aquella primera construccion á Bekralbayda.

Vióse, pues un dia subir á la Colina Roja un palanquin cerrado, conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada por un walí, que acompañaba al alcaide de los eunucos del rey.

Aquel palanquin pasó por medio de los trabajadores y fué á perderse en el pórtico del Mirador de la sultana.

Poco despues una jóven, cuya hermosura resplandecia mas que el deslumbrador brocado de su túnica; mas blanca que las gruesas perlas del collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los diamantes que entrelazaban sus negrísimas trenzas, entró en las magníficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompañada del alcaide de los eunucos.

Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.

A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su túnica de brocado, un ojo un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.

Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo apasionadamente melancólico de su mirada, en que ardia un fuego recóndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.

—El poderoso, el invencible, el magnífico rey Nazar, dijo el alcaide, quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea si la contenta el alcázar que ha construido para ella.

—Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jóven, por única contestacion á las hiperbólicas alabanzas del eunuco[39].

—Venturoso aquel, dijo inclinándose profundamente el eunuco, á quien dés una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas: á quien dés un príncipe poderoso ó una sultana tan hermosa como su noble madre.