—¿Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos parte hubieras tú podido tener en su muerte?

El rey se puso á pasear lentamente por su cámara.

—Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.

—Toma mi cabeza, señor, en buen hora: pero tómala despues que yo haya visto á Bekralbayda esposa de tu hijo: á Leila-Radhyah esposa tuya.

—Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando á Yshac que se habia prosternado á sus pies.

—No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnífico; esclamó Yshac.

—No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero á tí debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de él: á tí debe mi Granada, el alcázar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la muger á quien nunca debí haber abandonado, la hermosa sultana Leila-Radhyah. No me atrevo, pues, á tocar á tu cabeza.

—Tú eres grande y justo, repitió Yshac.

—Mañana dijo el rey, se harán en el alcázar dos bodas; consulta las estrellas, Yshac.

—Las estrellas son mudas, dijo el anciano.