El mago avivó el fuego de sus hornillos, arrojó en ellos unos polvos mágicos, pronunció un conjuro, y en aquel momento Nadab y su hija fueron trasladados por un poder oculto, mientras dormian, á la Colina Roja.
Al despertar Nadab y su hija se miraron con asombro.
—¿Qué tierra es esta tan fértil y tan hermosa, dijo Nadab: y qué palacio de maravillas el que tenemos ante los ojos?
—Tierra de bendicion es ciertamente, padre mío, dijo Yémina.
—Siento sed y una sed devoradora, dijo Nadab.
—Yo tengo los labios áridos y secos, dijo Yémina.
En aquel momento vieron el agua límpida y trasparente que brotaba por encima de los brocales de la cisterna maldita.
Hija y padre se precipitaron á los brocales y apagaron su sed bebiendo largamente de aquel agua envenenada.
Nadab sintió como todos los que antes que él habian bebido, abrasarse su corazon en un fuego impuro, arder su sangre y dilatarse su ser.
Yémina que no se habia contaminado con el insensato orgullo de su padre, que habia conservado su piedad, su fé en el Dios Altísimo y Unico, y la inmaculada pureza de su alma, bebió tambien, pero protegida por la mano de Dios, aquella agua terrible que hacia olvidarse de sus mas sagrados deberes á los justos y temerosos de Allah, solo sirvió para acrecentar en ella la pureza y la virtud, y para realzar su hermosura harto resplandeciente como la de una hurí.