—Conozco á la hermana del conde Arnoldo, á la hija del duque de Cantábria, á la sobrina del marqués Euríco...

—¿Pero no conoces á la hija del conde don Julian?

—No; respondió con ánsia el rey, y dicen que es muy hermosa.

—¡Ah! es un sol de Africa: sus miradas queman, su sonrisa embriaga, cuando canta adormece el alma, cuando danza arrebata los sentidos: no es rubia, ni tiene los ojos azules como nuestras mugeres hijas del norte: sus cabellos y sus ojos son negros como la desesperacion de un enamorado, y su frente blanca y cándida como el primer sueño de amor de una virgen. ¿Pero para qué me esfuerzo? tú mismo puedes verla dentro de un momento.

—¡Yo!

—Sí, tú, poderoso señor, y verla como no la ha visto hombre alguno.

—¡Cómo!

—Allá abajo entre aquellas espesuras se baña con sus doncellas en un remanso del Tajo.

—¿Y cómo sabes tú eso? ¿la has visto tú? dijo con acento celoso don Rodrigo.

—No, no me he atrevido ni aun á poner mis ojos en la que ha de ser la alegría y la ventura de mi señor, contestó servilmente don Oppas: pero he comprado á una de sus doncellas y sé el lugar donde se baña: para que puedas mirarla sin que turbes el sol de su hermosura te hé inclinado á que vengas á estos lugares, señor.