En un remanso tranquilo y trasparente del rio, vió á una muger, mejor dicho, á una niña, en el momento de salir del baño.

Sus doncellas la esperaban con las ropas entendidas para cubrirla, pero no la cubrieron tan pronto que don Rodrigo no sorprendiese un tesoro de hermosura desnudo.

Por un momento el rey permaneció inmóvil y fascinado. Luego cuando Florinda y sus doncellas se perdieron entre los árboles, se volvió demudado, enloquecido, en busca de don Oppas.

—¿La has visto, señor? le preguntó sonriendo de una manera infame don Oppas.

—¡Oh! pluguiera á Dios que no la hubiese visto, porque he cegado, dijo el rey.

—Florinda te matará, murmuró de una manera ininteligible don Oppas y luego añadió en voz alta: esta noche puedes ser huesped de esa hermosura.


Era la hora del crepúsculo de aquella misma tarde.

El castillo del conde don Julian, la morada de su hija Florinda, aparecia iluminada por una leve luz rojiza á las orillas del Tajo.

En una habitacion reducida del castillo habia en aquellos momentos un hombre y una muger.