—Sí.

Tras estas breves palabras el noble adelantó hasta la puerta de la cámara real, levantó su tapiz y dijo:

—¡Señor! ¡Gutz el hebreo, joyero y hechicero!

Una voz gutural y débil, aunque imperiosa, contestó desde adentro.

—Mi leal Singiberto, deja entrar á ese perro infiel.

Singiberto hizo una seña á Gutz, y este, pasando con desden é insolencia entre los cortesanos, se perdió tras el tapiz que cubria la puerta de la cámara real.

Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el palacio, que nadie tomó en aprecio la llegada de Gutz, y jóvenes y damas siguieron las pláticas interrumpidas.

A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y otro una espada, penetraron en la antecámara, precedidos por un faraute, que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en alta voz:

—El noble y poderoso señor don Oppas, arzobispo de Sevilla.

Singiberto anunció de nuevo, é hizo seña al faraute de que don Oppas podia entrar en la cámara real.