El enano rugió sordamente, levantó la cabeza y volteó en sus órbitas, mirando á Kaib y á Florinda, sus torbos ojos de piedra, que por un momento parecieron de fuego.

Ninguno de los dos tembló.

Entonces el jorobado se arrancó de la pilastra y caminó delante de los dos, haciendo resonar sobre el pavimento las secas pisadas de sus enormes piés de mármol.

—Hé aquí la piedra de los siete sellos, dijo deteniéndose en la parte oriental de la pilastra; si esa muger es la sentenciada por el destino á causar la ruina del pueblo godo, su mano romperá el encanto, y el precioso talisman será suyo.

Sobre la losa que servia de puerta á un arco, habia á cada lado tres signos, y otro en el centro: aquellos siete signos eran enteramente iguales entre sí, y parecian láminas de oro sobrepuestas al mármol; consistian estos sellos en dos triángulos cruzados, dentro de los cuales se leia en caracteres caldeos: ¡dios!

Florinda tocó con su dedo el signo del centro, que desapareció absorvido por el mármol, como una gota de agua que cae sobre una plancha de hierro caldeado.

Tocó el segundo, el tercero, hasta el sétimo y todos desaparecieron de igual modo.

—Hé aquí la Kaba de los árabes, dijo el enano: lo que estaba escrito se ha cumplido.

Y asiendo la piedra por uno de los bordes, la separó, á pesar de su enorme peso, con la misma facilidad que si hubiera levantado la hoja seca de un árbol.

Entonces quedó descubierto un precioso arco árabe de oro, calado, esmaltado y cincelado, que daba entrada á un pequeño retrete resplandeciente.