¡Oh! yo ansiaba conocer todo esto, y cuando espresaba mi deseo á Yshac me decia:

—Aun no es tiempo.

—¿Pero cuando llegará ese tiempo? le dije cansada ya de tan misteriosa contestacion.

—Cuando hayan pasado sobre tu vida veinte años: cuando el amor haya hablado á tu corazon.

—¿Y cuándo hablará en mi corazon eso que tú llamas amor?

—Aun no es tiempo, me contestaba Yshac.

Me resigné al fin y pasé mi vida entre flores y fuentes; entre la armonia del canto de mis ruiseñores y de mi guzla.

Yo no conocia á otra persona que á Yshac; no tenia mas amigo que á Abu-al-abu.

El viejo buho habia sido mi compañero desde la infancia: en cuanto oscurecia entraba por una ventana ó por un ajimez en la habitacion que yo me encontraba, se posaba sobre mi hombro, ó sobre mis rodillas, ó sobre un almohadon del divan: esponjaba su plumaje, batia levemente las alas, y lanzaba de tiempo en tiempo un ténue silvido; Abu-al-abu queria sin duda decirme algo; pero yo no comprendia su lenguaje.

Cuando yo le acariciaba pasando mi mano sobre sus alas, Abu-al-abu se estremecia y repetia sus silvidos mas ténues, mas dulces y esponjaba mas su plumaje y acababa por dormirse.