Empieza la audiencia, y sigue, y es larga, porque son muchos los querellosos que acuden al rey.
Quedan sin embargo pocos, y los conjurados no oyen el rumor que esperaban, y que debe ser la señal para consumar su delito.
En fin, el último de los del pueblo es oido, y no habiendo ya mas á quien juzgar, el rey dirige severamente la palabra á Ebn-Ismail.
—¿De qué tienes que quejarte, mi noble primo? le dice.
En aquel momento suena un rumor sordo en la parte de la ciudad, allá abajo, que aumenta y zumba.
El semblante de Ebn-Ismail palidece aun mas; sus ojos centellean, y dice adelantando hácia el trono.
—Me querello de tu tiranía, dice sin inclinarse, con la frente alta y terrible acento de amenaza.
El rey palidece y tiembla de cólera; salta abajo del trono empuñando su espada, y se dirige furioso á Ebn-Ismail apellidándole traidor.
Pero Ebn-Ismail mas pronto, ó mas afortunado, ase al rey por sus vestiduras, le arroja contra la puerta, saca un puñal de la manga de su aljuba, y dice con voz terrible hiriendo al rey:
—¡Tú me robaste en Martos una doncella cristiana, y yo te robo la vida!