Y Ketirah no tenia oidos ni ojos mas que para el infante Ebn-Ismail, y parecíale estar escuchando su voz enamorada, y estar viendo siempre su hermoso semblante, pálido de amor, y sus negros ojos fijos en los suyos.
Solo habia un ruido que la sultana percibia desde muy lejos aunque silvase el viento y gotease la lluvia y rebramase el trueno; y este ruido era el de los pasos de un hombre que, invariablemente, tardando mas ó menos, subia por el barranco, adelantaba, se detenia al pie de la torre y lanzaba un ténue silvido.
Y entonces la sultana trémula de impaciencia, y estremecida de amor, enloquecida, trasportada, arrojaba una larga escala fuera de la torre, afianzaba cuidadosamente sus garfios en el alfeizar de la ventana, y avanzaba el cuerpo hácia afuera solícita y cuidadosa.
Poco despues la escala se atirantaba, balanceaba, y un hombre subia, llegaba al alfeizar y saltaba dentro de la habitacion entre los brazos de la sultana.
La lámpara que ardia lánguidamente en la cámara, alumbraba la frente del que habia entrado.
Aquel hombre era el infante Ebn-Ismail.
El infante que aun estaba fascinado por los tentadores encantos de Ketirah.
El infante que estaba vendido á Satanás.
IV.
Entre tanto el wazir Masud-Almoharaví, estaba delante de María.