María, de tiempo en tiempo y como atraida por una fuerza invisible fijaba sus ojos en el fondo oscuro del arco de la puerta de la cámara.

De repente pareció que en aquel fondo oscuro brillaba como humo débilmente luminoso, una forma indeterminada, que aquella forma vaga se condensaba, que tomaba al fin la figura de un hombre alto y negro.

Aquel hombre, ó aquella sombra adelanta lentamente hácia María.

Y María no gritó porque hay terrores que ahogan la voz, que hielan la sangre, y que si duran mucho tiempo, matan.

Aquella sombra se detuvo en el centro de la cámara, debajo de la lámpara, y estendió el brazo hasta ella y la tocó.

Y sin saber María cómo podia ser, porque no habia visto luz en las manos de aquel hombre, al tocar aquella mano á la lámpara, la lámpara ardió.

Entonces María vió á un viejo horrible.

En una palabra, al mago Abu-Jacub-Al-Hhakem-Billah.

—Estás estremecida de espanto, dijo el sabio, y es necesario que no temas, ¿y por qué has de temer? Cuando los hombres se olvidan de tí, Dios me envia á salvarte.

Y María como si su alma obedeciese á una voluntad poderosa, perdió su temor y miró, tranquila ya, á Abu-Jacub.