—¡De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replicó otro moro.
—Sí; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus cunas á los niños, los devoran, y á la noche siguiente van á poner sus corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.
—Pero nosotros no somos niños, dijo otro de los soldados.
—Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los hombres.
—No.
—¿Qué hacen?
—Cuando un hombre jóven, ó aun cuando no sea jóven, cuando un hombre fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida de las hadas, sale á la puerta de la caverna y arroja al viento un puñado de sal diciendo: ¡Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que está sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de donde, retumba el trueno, arden los relámpagos, el cielo se cubre y se pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero violento que dura á veces algunas horas: cuando pasa, el torrente producido en la rambla por la lluvia parece sangre.
—¿Y para qué llama la hermana mayor de las hadas malas á su hermana la tempestad?
—Y para que el viagero á quien la tempestad sorprende busque albergue en la caverna.
—¡Ah!