Veíase, además desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era una escelente atalaya.
Los wazires condujeron hasta allí con un profundo respeto al príncipe, y este, que al asomarse á una ventana habia visto la Colina Roja, dijo á los wazires:
—Ahí, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, está mi caballo: no es justo que dejemos perecer á nuestro compañero de batalla; haced que le vayan á buscar.
Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al príncipe, que á los primeros rayos del sol de la mañana se puso á contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro atravesaba á Granada.
Porque en las márgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma: Bekralbayda.
XI.
DE CÓMO EL REY NAZAR COMPRENDIÓ QUE NO PODIA SER FELIZ.
Al-Hhamar habia quedado profundamente triste.
A la tristeza por sus amores, se unia la que le causaba la rebeldía de su hijo.
Porque su hijo (sus ojos de padre se lo habian dicho) guardaba dentro de su alma un secreto.
¿Y qué secreto era este que no queria revelar á su padre?