El arraez daba prisa al alcaide para que cumpliese la órden del rey, y el alcaide no se atrevia á dar parte al príncipe de tan cruel decreto.

Pero Juzef, conociendo por la turbacion del alcaide la importancia de la órden, le dijo:

—¿Qué manda el rey? ¿trata de mi muerte? ¿pide mi cabeza?

Entonces el alcaide le dió la carta, y despues de leerla dijo al arraez:

—Permíteme algunas horas para despedirme de mis doncellas y distribuir mis alhajas entre mi familia.

—Señor, dijo el arraez: no puede detenerse la ejecucion, porque he traido por horas el tiempo de mi vuelta.

—Pues á lo menos, dijo Juzef, acabemos el juego, y acabaré perdiendo.

Era tanta la turbacion del alcaide, que no movia pieza que no cometiese un desacierto, y tanto el valor y la serenidad del príncipe, que le avisaba de sus equivocaciones.

Seguia el juego, y el arraez se impacientaba, cuando llegaron dos caballeros de Granada á rienda suelta, aclamando á Juzef y pregonando la muerte de su hermano Muhamad.

Dudaba de ello Juzef, y apenas creia lo que pasaba, cuando la llegada de otros caballeros principales confirmó la noticia, y Juzef fué llevado apresuradamente á Granada.