—¡Su cabeza! gritó el rey trémulo de ira.

Aben-Ahmed se levantó sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer á los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cayó de nuevo sobre el pavimento; luchó aun, miró con desprecio al rey, y esclamó:

—¡Asesino!... ¡maldito seas!...

La voz de Aben-Ahmed se heló.

El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.

Boabdil miró con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y entonces tan lívida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que habia sido acusado Aben-Ahmed asaltó su espíritu, y el remordimiento empezó á desgarrar su corazon.

Pero la vista de la sangre le cegaba.

Su caliente olor le embriagaba, y cayó en un terrible estado de demencia.

—¡Todos!... esclamó con voz ronca y lúgubre; ¡que perezcan todos! ¿acaso no soy yo el sultan de Andalucía? ¡Matadlos!... ¡son traidores!... ¡matad á todo el que pase esa puerta!... ¡que la sangre corra á lo largo de las atarveas y vaya á enrojecer mis albercas de mármol!

Los zegríes gozaban con un placer infinito su venganza en la cólera del rey.