Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiñendo el blanco mármol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba ondeando de la cámara de los Leones.
Estremecióse de horror Ebn-Alabéz, detúvose, y escuchó.
Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun ahogado gemido.
En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el walí se volvió atrás, desenvainó su espada, y atropellando la guardia del alcázar, salió de él y bajó á la ciudad dando gritos y acusando la traicion del rey.
Muy pronto la Alhambra se vió acometida por los abencerrages que habian quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de gentes que siempre están dispuestas á un motin.
Empezó el combate; mas bien que el combate, el asalto.
Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la arcabucería y la ballestería.
Aquel estruendo de combate llegó hasta la distante cámara de la sultana Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, salió de sus habitaciones en busca del rey, y le encontró en el patio del Mexuar, á punto que huia del de los Leones.
Donde quiera que ponian los pies el rey ó los zegríes que le acompañaban, dejaban señales rojas.
—¿Qué es esto, señor? dijo Zoraida; ¿vienes herido, ó ha llegado la hora del acabamiento de Granada? ¿Qué sangre es esa que corre por las atarveas?