—¡Ah! dijo lanzando una histérica carcajada; ¡hoy es un buen dia! ¡todos los traidores á la vez! ¡y tú tambien, sultana! ¡oh! ¡yo soy poderoso, yo soy el sultan de Andalucía! ¡sangre! ¡sangre! ¡verted sangre sobre mi cabeza, porque arde y va á romperse! ¡tú tambien, sultana!... ¡por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos bello que la grama de Generalife! añadió con acento horroroso, señalando el pavimento ensangrentado; ¡vas á morir, sultana, porque eres adúltera, y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu señor!
Zoraida lanzó una profunda mirada de desprecio al rey y á los zegríes agrupados tras él; su hermosa frente se levantó orgullosa, magnífica en su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad á los zegríes:
—¿Hay alguno entre vosotros, que se atreva á decir, ni aun á pensar, que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?
Callaron un momento los zegríes dominados por el soberbio ademan, por la palabra altiva de Zoraida, y el rey miró con impaciencia á los cuatro traidores causantes del asesinato de los abencerrages.
Aquella mirada los decidió.
—Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y señaló á Mahandon; á Mohamet y á Hamet-Zegrí), te acuso, sultana, ante Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro señor.
Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de los zegríes, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabéz.
Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al acusador lívida de cólera, temblorosos sus miembros; ardió en sus venas la sangre de su raza, y gritó con ronca y terrible voz:
—¡Mientes tú, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y á falta de guante, recibe tú, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino, el chapín de la sultana!
Y fuera de sí Zoraida, olvidándose de quien era, se arrancó uno de sus preciosos chapines bordados de aljófar y azotó con él el rostro de Mahandin.