Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el príncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.
Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.
Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el mismo lugar por donde habia entrado la jóven.
Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el rey Nazar.
Pasaba el tiempo: el príncipe devorado de celosa rabia contaba por cada instante un siglo.
Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos el sendero y se perdian bajo los pórticos.
No era solo el príncipe el que veia esto.
Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.
Veíalo tambien estremecido de una cruel alegría desde una torrecilla del muro, el astrólogo Yshac-el-Rumi.
Llegó al fin el plazo prefijado por el astrólogo.