Tenia la pierna derecha extendida, y sentí en el pié una ligera presion, que no fué la última.

Miré.

Otra ex-ministra, lánguida, ya entrada en años, pera con magníficos ojos, magníficos rizos y abundantes protuberancias, estaba sentada frente á mí, y me miraba de una manera vaga, casi imperceptible, como diciéndome:

—Ese que sientes es mi pié.

Ella era alta como yo, como yo debia tener las piernas largas, por consecuencia, nos alcanzábamos sin dificultad el uno al otro por debajo de la mesa.

Debia tener algo de ingeniero aquella mujer; no se habia equivocado acerca de la posicion de mi pié.

Habia calculado bien.

Tenia la seguridad de que era mio aquel pié que amaba.

Es incalculable la audacia que tienen las mujeres del buen mundo.

Con ellas se estrechan las distancias de una manera verdaderamente extraña, pero rápida.