—Y la Loreto, la morena, ¿qué te dijo?
—Que al amanecer habria un landó en la entrada de la calle de Jesús y María.
—¡Las sinvergüenzas! Pues mira, hijo, por qué yo no me he decidido á abandonar á Hipólito, temiendo tus mañas.
—Yo no iré si usted no me lo manda.
—¿Y por qué nó? Una cosa es el amor y el negocio es otra cosa. ¿Pero por qué he de tener yo celos del negocio? Esas tres señoras nos ayudarán, sin saberlo, en nuestros planes.
Como se ve, doña Emerenciana no reñia con las conveniencias.
No era sólo por interés, sino por lo que representaba el que yo satisfaciese los empeños de aquellas beldades rancias.
Ellas podian subirme á mucho.
No se sabe á que altura ha subido un hombre público sirviéndole de escalera una vieja verde.
Ya una vez en el pináculo, muy ingrato debia ser si no prestaba mi influencia á doña Emerenciana.