Todo en doña Emerenciana era sólido.
O por lo ménos lo parecia.
Yo me sentia incómodo; guardaba mi mutismo.
La aventura me iba saturando de una nueva electricidad.
No era solo la bellísima garganta, ni el alto seno descubierto en su comienzo de una inflexion irresistible, ni los ardientes ojos lo que yo más amaba.
Lo que más me atraia eran las manos.
No tanto por su belleza cuanto por sus sortijas; una de ellas, un magnífico solitario, me aturdia.
Es necesario ser franco.
Yo estaba en crísis.
Una crísis grave.