Yo, que no me aturdo fácilmente, empezaba á aturdirme.
La aventura tenia una novedad diabólica.
Doña Emerenciana, más que una mujer, era un aparato eléctrico.
Yo no podia tampoco comprender que aquella magnífica hermosura tuviese sesenta años.
Los cabellos no parecian teñidos.
No tenian absolutamente apariencia de peluca.
En vano se buscaba una arruga en el denso y suave cútis de doña Emerenciana.
Ni áun la pata de gallo que flanquea á cierta edad los ojos.
Ni las dos líneas enemigas que muestran la caida de la nariz.
Ni la papada de la crasitud fofa.