—Cuando yo era cadete, señora,—dijo bruscamente don Bruno,—era usted una damisela de diez y seis á diez y siete años, y yo ascendí á alférez en 1823.
—¡Bah! usted siempre con sus bromas, don Bruno!—dijo doña Emerenciana, que no se puso colorada, ó por lo ménos no pudo verse, porque esto era imposible,—usted se refiere á mi madre; yo soy la menor de las hermanas, y la madre de éste, que es la mayor, no ha llegado todavía al jubileo de las cuarenta horas.
—Vamos, no disputemos,—dijo don Bruno,—bien mirado, usted es una de esas privilegiadas bellezas, de las que no tienen edad, que son siempre jóvenes. Ya sabe usted que yo la estoy adorando desde hace treinta años.
—Otra vez, don Bruno.
—¡Ah! perdone usted. Mozo, mi media copa, un cigarro. ¿Fuma su sobrino de usted?
—Fuma pitillos.
Doña Emerenciana, que de tal manera y con tal sans façon me habia metido en su familia y en su casa, me habia visto pitillear.
Yo, con la colilla de un papelillo enciendo otro.
—¡Pitillos, pitillos!—exclamó don Bruno;—¡hem! Yo necesito que todo sea robusto como usted, señora, sino, no saco jugo: y dígame usted, ¿aceptará el sobrino una media copa?
—¡Ah! ¡no, por Dios, no me lo vicie usted! ¡los jóvenes cuando beben se ponen inservibles! ¿y qué diria luego mi hermana si se lo devolviera con vicios?