Yo no me volví.
Los mudos son generalmente sordos; debia representar bien mi papel.
—Beso á usted los piés, mi señora doña Emerenciana, como tambien á su acompañante. ¿Qué caballerete es este? ¡Eh! ¡Los pichones, los pichones!
Y la voz de don Bruno tenia algo del ronquido del perro dogo cuando se prepara á ladrar.
Yo permanecia impermeable.
—¡Si es mi sobrino Toñito, el de Zafra!—contestó doña Emerenciana sonriendo.—¡Un pichon! ¡Ya lo creo, y de los levantados! La delicia y el consuelo de mi hermana Ruperta.
—¡Ah, el mudo!—dijo don Bruno suavizando la ansiedad que habia sentido al verme sentado de una manera tan propíncua junto á doña Emerenciana.
—Afortunadamente, el pobrecillo es sordo y no puede oir lo que usted dice; la mala cara le asustaria; es muy tímido: vamos, siéntese usted, don Bruno; siéntese usted y vea usted si yo le decia bien cuando le decia que mi sobrino Toñito era precioso.
—Sí, sí; pero no es ya tan pichon,—dijo don Bruno,—los treinta los tiene encima.
—No importa; en la familia todos somos aniñados. ¿Quién dirá que yo tengo treinta y cinco? Nadie me pasa de los veinticuatro.