—No hace usted más que lo que puede y lo que debe,—me contentó con una gran sangre fria, y con una gran posesion de sí misma.

Estábamos en esto, cuando doña Emerenciana, oprimiéndome un codo con una fuerza suma, me dijo:

—Por Dios, disimule usted, tenemos encima un compromiso.

Yo diré que usted es un primo mio, que ha venido usted del pueblo, y que le he hospedado en casa.

—¡Ah, señora!...—exclamé.

—Cállese usted, porque ya el que ha mirado por la vidriera y que va á entrar, no le coja á usted en embuste, hágase usted el mudo.

—¿El mudo?

—Sí; nos favorece la feliz casualidad de que yo tengo un sobrino mudo á quien no conoce don Bruno: ya está ahí, déjeme usted hacer.

Y me tocó con la rodilla.

—¡Hum, hum!—hizo una voz áspera á mis espaldas.