Yo me hice el distraido.
Me puse á guiñar á otra individua que con un sargento de inválidos estaba en una mesa más allá.
Doña Emerenciana me miró airada, como queriendo decirme esta frase:
—Caballero, usted es un grosero, despues de haber conocido mis méritos, y de haber llegado al caso grave de guiñarme el ojo, como diciéndome: usted me conviene, no ha debido usted mirar á otra.
Brotaban fuego los negros ojos de doña Emerenciana.
Relampagueaban de ira.
Me levanté, me acerqué á su mesa, y me senté.
—Necesito una explicacion,—la dije.
—Y yo otra,—me contestó.
—Yo la amo á usted,—añadí.