Habia lanzado, tropezando en él con los piés, un tiesto de flores, que habia ido á chocar con un caldero viejo.

Habia sonado un ruido infernal.

Poco despues sentí una voz conmovida.

Voz de mujer jóven, argentina, deliciosa.

—¡Ah! ¿Eres tú?—dijo:—¡te has caido! ¿Te has hecho daño?

Aquella voz salia de una puertecilla que daba á la pequeña azotea donde yo estaba.

Me arrojé á la joven.

—Entra, Alfredo mio, entra,—añadió la voz,—pero no hagas ruido: hace poco tiempo que papá se ha acostado.

Aún no habia acabado de decir esto la jóven, cuando se oyeron pasos precipitados que se acercaban, y una voz terrible que decia:

—¡Inícua!