—Aún no; esperábamos á que usted viniera.
—Usted es muy amable, amiga mia,—dijo don Bruno,—se interesa usted extraordinariamente por los amigos; ¡siempre tan obsequiosa!
—Usted lo merece, don Bruno; ¿y luego, para qué soy rica sino para procurar á mis amigos los mayores goces posibles?
—Exceptuando siempre el amor, ¿eh?
—Dispénseme usted, don Bruno,—dijo doña Emerenciana.—Yo no puedo estimar á usted más que como á un buen amigo. Ni convienen nuestras edades, ni nuestros gustos.
—Los gustos podria ser, ¡pero las edades, señora!
—Dejémonos de eso.
—No importa que hablemos puesto que el sobrino es sordo.
—¿Y qué le importa á mi sobrino que yo sea jóven ó vieja?—dijo doña Emerenciana;—él me quiere tal cual soy, el pobrecillo...
Y me tocó con la rodilla, con una rodilla mórbida, fenomenal.