—Pues yo insisto en mi tema, señora,—dijo don Bruno;—si usted no es mia, no lo será de otro: afortunadamente este jóven es su sobrino de usted, no tengo duda de ello; además de que es sordo y mudo tiene todo el aire de familia de usted; de otro modo, si yo hubiera podido suponer, aunque hubiera sido mínimamente, que este caballerete soliviantaba la menor fibra amorosa del empedernido corazon de usted para mí, le acogoto.
Comprendí al fin.
El coronel retirado, don Bruno, era uno de estos temerarios busca vidas que se imponen á las personas débiles y viven de su espanto explotándolas.
Yo veia que doña Emerenciana pretendia en vano ocultar la violencia que se hacia hablando con don Bruno y el miedo que le causaba.
Don Bruno tenia á lo ménos setenta años; pero estaba avellanado y parecia fuerte; sobre todo, arrojado y audaz.
Llamó.
Doña Emerenciana pidió riñones.
Pidió para mí lo mismo.
Doña Rufa tres huevos pasados por agua.
Don Bruno un entre cótte con muchas patatas.