Don Bruno vaciaba una botella y pedia en seguida otra.

De improviso sentí posarse una mano sobre mi muslo.

Aquella mano se acercó con disimulo á la mia.

Aquella preciosa mano me dió una moneda, que por el tacto conocí era de cien reales.

Ya comprendí.

Cuando mi tia llamó al mozo, dí á éste el doblon.

—No, no, de ninguna manera,—me dijo por señas doña Emerenciana;—tú eres muy generoso; no debemos quitar á don Bruno el placer de obsequiarnos.

Don Bruno entonces llevó torpemente la mano debajo de las mesas, la sacó, dió al mozo otro doblon de á cien reales, y el mozo me devolvió el mio.

Yo hice admirablemente, y con gran gusto, mi papel; sonreí lo más candorosamente del mundo á mi tia y á nuestro amigo, y me guardé el doblon.

A don Bruno le sobró de la cuenta un duro, que se guardó gentilmente.