Despues salimos, era la una de la madrugada.
Las señoras salieron las primeras; nos quedamos don Bruno y yo á la puerta algo á retaguardia.
—Oye, tú, sordo,—me dijo rápidamente al oido;—somos dos para el negocio; tú llevas la mejor parte; pero si no partes conmigo la vaca, te reviento.
—Ya hablaremos,—le dije con un acento indefinible.
—Vaya, don Bruno,—le dijo doña Emerenciana,—muchas gracias por el ratito y por el obsequio; usted seria muy amable si acompañara á doña Rufa; ya sabe usted que vivimos en barrios diametralmente opuestos.
—Con mucho gusto, señora,—dijo don Bruno;—sabe usted que yo no he nacido más que para servirla en cuanto mande: beso á usted los piés; mis cumplimientos á su sobrino; hasta mañana; ¿pero dónde?
—En Puerto-Rico.
—Pues en Puerto-Rico me tiene usted á las once en punto; adios.
—Adios.
Y se llevó á doña Rufa.