Doña Emerenciana se agarró á mi brazo.

—¡Ah, hijo mio!—dijo,—al fin nos hemos quitado de encima esa calamidad; es mi sombra, mi castigo, mi sanguijuela.

—Yo le reventaré.—la dije.

—¡Para que yo me equivocara!—exclamó,—vamos cuanto antes á casa, tenemos que hablar mucho; pára ese coche que pasa.

Hice parar el carruaje.

Entramos.

Doña Emerenciana dió las señas al cochero.

Yo iba en mis glorias.

Habia encontrado una Niove; aquella Niove se habia enamorado de mí.

No podia desear más.