Pero como me habia sentado en el coche demasiado ceñido á ella, me dijo:

—¡Eh, cuidado, caballerito, no se equivoque usted, que puede perderlo todo!

Estas palabras, de la manera tan rotunda con que fueron pronunciadas, me pusieron en respeto.

Doña Emerenciana se mantuvo reservada.

—Llegamos al fin.

Bajamos.

Doña Emerenciana pagó al cochero.

El sereno habia acudido y habia abierto.

Subimos alumbrados por el sereno hasta el cuarto principal.

Abrió una hermosa muchacha.