—Acuéstate, Micaela,—la dijo doña Emerenciana.

La muchacha me miró con atencion.

Nos dió las buenas noches.

Se fué.

Doña Emerenciana se entró conmigo en un gabinete que estaba alumbrado por una lámpara puesta sobre una chimenea encendida.

CAPITULO III

Lo que va de la verdad á la mentira.

Doña Emerenciana se quitó el abrigo, dejándome ver por completo la gallardía de su persona.

Se sentó en una butaca junto á la chimenea, y me dijo:

—Echa leña.