Me mandaba como á un criado.

El acento era imperativo.

Habia cambiado por completo.

Y como si me hubiera podido caber alguna duda, mientras yo echaba de la caja maqueada que servia de leñera algunos trozos de encina á la chimenea, añadió:

—Te tomo á mi servicio.

—Muy bien, señora; pero querria que usted me dijese las razones que tiene para tratarme de este modo.

—La razon sencillísima de que eres un tunante; de que estás á la cuarta pregunta y de que eres valiente, ó por lo ménos, de buen estómago y madrugon.

—Muchas gracias, cariño,—la respondí:—obligado.

Y me dirigí resueltamente á ella.

—¡Eh! ¿Qué confianzas son esas?—me dijo.