—Usted perdone, señora,—respondí retrocediendo.
—Siéntate y escúchame; vamos á concluir muy pronto; tengo sueño; estoy además enamorada y necesito recogerme para pensar en el que amo, para soñar con él.
—¡Pues el chasco que me he llevado es menudo!—dije yo.
—¿Qué quieres hijo? todos los dias son dias de aprender. ¿Has comprendido tú á don Bruno?
—Perfectamente. Usted le tiene miedo y él abusa.
—Me ha estropeado ya tres amores y no me atrevo á amar á nadie de miedo de que don Bruno me lo espante.
—Pues yo me encargo.
—Lo creo bien.
—No tanto, hijo, no tanto; dale una vuelta; él no ha creido lo del sobrino; yo he procurado evitar un escándalo; él te dijo algo al salir.