Estas mujeres, que se defienden de los amores de éste, del otro y del de más allá, cuando se enamoran, pagan á peso de oro el amor, como para sustituir alicientes que ya no tienen.
Yo me encontraba con un punto más de apoyo, y sea dicho en verdad, Loreto era aún muy agradable.
Yo no llevaba más dinero suelto que un doblón de cien reales.
Pero el billete, y la sortija, y el reló, y la botonadura eran una buena prevencion para lo que pudiese sobrevenir.
Me fuí á un cambiador, y reduje á oro el billete, llenando el portamonedas, que no era muy grande, de dorados doblones.
En aquellos momentos era yo un gran señor.
Esperaba ser mucho más gran señor dentro de poco.
Sobre todo, no se me olvidaba mi esposa.
Mi Eloisita.
Rabiaba por verla.