Pedí dos ó tres platos crasos, y me los embaulé.
Pero cuidé de beber poco.
A la una y media ya estaba listo.
Compuse los ajamientos de mi traje.
El carruaje, que era un hermoso coche, me esperaba ya.
—Al Buen Suceso,—dije al entrar en él.
Diez minutos despues, y cuando empezaban á entrar las elegantes damas de la última misa, estaba yo á la puerta de la iglesia.
A poco paró un carruaje, y llamando la atencion por su extraordinario lujo, entró en el templo una dama larga y avellanada.
Era Guadalupe, la señora del excelentísimo señor don F...