Estaba horrible de fea.
Antipática hasta lo repugnante.
A pesar de todo esto se reprimió.
Sin embargo, apagó su ira en una sonrisa, y me dijo:
—¿Es de usted aquel carruaje?
—Sí señora, la respondí.
Llamó ella á su lacayo.
—Que se vuelva el carruaje,—le dijo:—que me espere á las cinco casa de doña Eleuteria.
El lacayo se fué.
El carruaje de don F... se marchó.