Su marido debia creerla en misa.

Ella aprovechaba los minutos.

Oir la misa hubiera sido perder tiempo.

Yo la seguí.

—Por la Ronda,—dijo Guadalupe, ni más ni ménos que si el carruaje hubiese sido suyo.

Despues me dijo:

—Eche usted las cortinillas.

Yo lo hice.

—Necesito explicaciones, y explicaciones ámplias,—me dijo:—de otro modo, yo veré lo que tengo que hacer para vengarme.

—Yo no sé de qué explicaciones se trata, señora mia,—la dije.