Su gran mérito era la potencia de su voz.

Y como halagaba las pasiones del público que le escuchaba, y como usaba de todas las monsergas de que se valen los políticos para engañar á los tontos y para escitar á los pícaros, sus éxitos eran formidables.

Se le llamaba el tribuno.

Se decia que con solo aquel hombre bastaba para salvar la pátria.

Para garantizar la libertad.

Para hacer verdaderamente soberano al pueblo.

Para que la division de la propiedad, fuese una verdad, un hecho.

En fin, para que todos los desheredados, todos los padecidos, todos los patriotas de buena fé fueran felices.

¡No más cadenas!

¡No más ignominias!