—Bueno es saberlo,—dije para mí:—¿quién será? En fin ello dirá.

Mi vanidad crecia.

Era sin duda un nuevo amor que me perseguia.

La fortuna me sonreia más y más.

Al entrar en el gabinete donde se habia metido ya Micaela, sentí que me tiraban con una gran fuerza del brazo.

Me volví y vi á la Nicanora.

—Oiga usted una palabrita,—me dijo,—salga usted.

Una vez en la calle me dijo:

—Eche usted á andar, y de prisa, antes de que la Micaela le eche á usted de ménos y salga.

Y se metió en el carruaje tirando de mí.