—De prisa,—dije al lacayo.
Me convenia escaparme de Micaela.
—¿A dónde?—me dijo el lacayo.
—A cualquier parte.
Me habia sorprendido la Nicanora.
Tenia sin duda algo muy grave que decirme.
—Usted es un niño,—me dijo.
—¿Y á qué viene eso?—la pregunté.
—Si no tuviera usted quien le quisiera bien, le echaban á usted los polvos de matar las ratas.
Se me despegó la carne de los huesos.