Se sentian los latidos de su corazon.
—Ya se vé,—dijo,—yo soy una pobre, pero muy honrada, y no soy tan despreciable.
Y se echó á llorar.
—Yo no quiero que usted me quiera, señorito, no se ha hecho la miel para la boca del asno; pero quiero guardarle á usted y que no le pase á usted ninguna desgracia: usted es muy jóven y aunque usted se crea muy tunante se le escapan á usted las mejores. La Micaela está metida con un sargento de cazadores que se aprieta mucho el corbatin para estar siempre encarnado. Parece una manzanita.
Aquella era otra calumnia.
Yo no podia dudar de la Micaela.
Habria sido un imbécil.
La Nicanora empezaba á darme miedo.
Tenia algo de salvaje.
Por otra parte me incitaba su misma rudeza.