Su fresca robustez.

La dureza de su desarrollada musculatura.

Me apretaba las manos que me lastimaba.

—Usted,—añadió,—se va á venir conmigo donde yo le lleve á usted, y estará usted seguro.

—No creo estar en peligro,—contesté.

—Usted no sabe de la misa la mitad, no tiene usted más que enemigos alrededor.

—Cuénteme usted...

—No hablemos más hasta que estemos con seguridad en esa casa.

—¿Y dónde está esa casa?

—Ahí cerca, en la calle de la Flor Baja, junto al teatro del Recreo.