Hice parar.
Nicanora dió las señas.
Llegamos.
Entramos en un portal lóbrego.
La Nicanora me tomó de la mano.
—El carruaje puede irse á esperar á la plazuela de Santo Domingo,—me dijo.
Dí la órden, y el carruaje se fué.
Entonces la Nicanora cerró de golpe la puerta de la calle.
Me asió una mano y tiró de mí vigorosamente.
Las escaleras no se acababan nunca.