Algunos minutos despues el carruaje llegaba al teatro de Jovellanos, y se quedaba esperándome.

A la entrada del salon se me presentó un dominó negro.

La concurrencia era enorme.

A la busconería las unas.

A la chulapería ellos.

El dominó negro se asió á mi brazo, y me habló con su voz natural.

Era Loreto.

Por bajo de la careta se la veia la preciosa barba.

Entre el capuchon entreabierto la hermosa garganta morena, con un collar de corales, del cual pendia, entre las dos prominencias del seno, un rico medallon.

Aturdia.